La noche transcurría con aparente normalidad en un departamento de Manta, hasta que la violencia irrumpió sin aviso. En la cocina, donde instantes antes reinaba la cotidianidad, más de ocho disparos quebraron el silencio y pusieron fin a la vida de Oranis Miranda Mero, una joven venezolana de 22 años.
Según las primeras versiones, los atacantes ascendieron hasta el tercer piso del edificio, ubicado entre la calle 17 y la avenida 24, sin mostrar prisa, pero con un objetivo claro. Su llegada no despertó sospechas inmediatas, lo que les permitió acercarse lo suficiente para sorprender a la víctima dentro del inmueble.
Los impactos de bala no le dieron oportunidad de reaccionar. Su cuerpo quedó tendido en medio de una escena marcada por el miedo y la desesperación. Afuera, vecinos aún conmocionados describían el estruendo de las detonaciones, mientras personal de Criminalística ingresaba para recopilar indicios e intentar reconstruir lo sucedido.
Este hecho se suma a una preocupante estadística: en lo que va de 2026, ya se registran 130 muertes violentas en el distrito que comprende Manta, Montecristi y Jaramijó. Más allá de la cifra, cada caso representa una historia truncada, una vida interrumpida en circunstancias que reflejan la persistente inseguridad en la zona.
